La ansiedad es una respuesta natural del cuerpo ante situaciones de estrés o peligro, pero cuando se vuelve constante o intensa puede afectar la vida diaria, el sueño y la salud.
Se manifiesta con preocupación excesiva, nerviosismo, tensión muscular, taquicardia o dificultad para concentrarse. En niños y adultos, reconocerla a tiempo es clave para evitar que se vuelva crónica.
Entre las causas más comunes están la sobrecarga laboral o emocional, problemas familiares, uso excesivo de pantallas, falta de descanso, consumo de cafeína, experiencias traumáticas o incertidumbre económica.
También puede tener un componente biológico o aparecer como síntoma de otros trastornos.
Para comenzar a manejarla, se recomienda establecer rutinas, practicar respiración profunda, realizar actividad física, limitar noticias y redes sociales, dormir mejor y expresar emociones con alguien de confianza.
Técnicas como la meditación guiada, escribir pensamientos o reducir estimulantes pueden marcar una diferencia.
Si la ansiedad es intensa, persistente o se acompaña de ataques de pánico, es fundamental buscar apoyo profesional con psicólogos, psiquiatras o terapeutas especializados, quienes pueden ofrecer terapia, acompañamiento y, en algunos casos, tratamiento médico adecuado.



